Justicia sana en República sana

 In Editoriales

Si la falta de participación ciudadana era previsible y casi esperada en las elecciones de este domingo 4 de marzo, ahora ya es un hecho. La afluencia de votantes fue escasa. Así El Salvador le sigue el paso a la gran mayoría de los países occidentales inscribiéndose en lo que se ha llamado la crisis de la democracia. Quizás esta apelación sea ligeramente grandilocuente, pero no debe esconder un problema existente. Mi intención aquí no es de identificarlo o analizarlo, sino más bien destacar algunos de sus perniciosas consecuencias.

El fenómeno actual de desinterés e incluso de asco hacia la política engendra una desacralización acentuada de, por supuesto, los políticos y de las instituciones estatales que pierden todo su sentido. Por ejemplo, la Asamblea legislativa, vista sólo como un refugio de ineptos. Pero esta institución goza de un poder notable, ¡y menos mal!, ya que realiza la separación de poderes, pilar de una democracia republicana. Encarna el poder legislativo que está estrechamente vinculado al poder judicial. Recordemos lo que dice Montesquieu, padre del concepto en El espíritu de las leyes (1748): “para que uno no pueda abusar del poder, es necesario que, mediante la disposición de las cosas, el poder detenga el poder”. Muchas – demasiadas – veces se tiende a olvidar que los diputados participan al proceso de elección de los magistrados que formarán la Corte Suprema de Justicia. Es una buena razón para elegir individuos capaces de proteger y preservar el equilibrio frágil de la separación de poderes que permite la aplicación de la justicia en nuestro país.

Es cierto que es fácil y paradójico olvidarse que detrás de la Asamblea y de todas las instituciones estatales reside, la más importante de todas, la Corte Suprema de Justicia. Es la condición de existencia de la sociedad, es el fruto del pasaje del estado de naturaleza al estado de derecho. La Corte Suprema de Justicia es el corazón de una república, la garantía de una sociedad saludable. La justicia, y por ende la institución que la representa, es el fundamento de la cooperación entre todos los individuos, es decir los cimientos de una sociedad ya que ningún ser humano soporta una injusticia. Es el peor sentimiento que uno puede padecer; todos nos acordamos de una injusticia que hemos sufrido algún día, y se trata a menudo de una injusticia lejana que ocurrió en nuestra infancia, cuando nos regañaron por un lamentable error, descubriendo así lo que pueden ser, sin justicia, las relaciones humanas.

El filosofo francés Jean-Jacques Rousseau escribió en 1764 una carta (la Novena de sus Cartas escritas desde la montaña) que “el primer y más grande interés público siempre es la justicia”. No se trata de una simple observación, sino en realidad de una orden cívica. Llama la atención sobre lo que tiene que ser el deber de todos, proteger la justicia, es decir la igualdad, in fine, la democracia. Vivimos en un régimen político que requiere una presencia y actividad permanente de todos nosotros, sólo así puede existir una democracia. A algunos políticos les conviene que la gente termine preocupándose únicamente de su casa y su caso, pero los resultados recientes muestran que abstenerse en una votación no cambia nada; si bien subraya un descontento, no tiene ningún peso. La elección ocurre y salen elegidos otros o los mismos con los cuales no habrá ningún cambio aparte, quizás, del color político. De esta manera, poco a poco, la política se autonomiza y la res publica, la cosa pública, queda sólo en manos de algunos pocos cuando es justamente en la esfera pública que se piensa y aplica la justicia, que nos concierne a todos. Asimismo, nos toca interesarnos a lo que se decide, debemos estar atentos a la elección de magistrados competentes e independientes en la Corte Suprema de Justicia que es la institución esencial de un Estado de derecho. Sólo el ejercicio ciudadano, como lo es el de los abogados salvadoreños, realiza una democracia; una idea nunca alcanzada pero siempre alcanzable.

*Estudiante franco-salvadoreño de Literatura en la Escuela Normal Superior de París, columnista en la Prensa Gráfica.